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06/01/2023

Caballo

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Caballo

1. ATARAX

“Hastío por la miserable forma de vida del individuo metropolitano: desconfianza escrupulosa/escepticismo refinado, smart/ amores superficiales, efímeros/ en consecuencia sexualización perturbada de todo encuentro/ y después, regreso periódico a una separación confortable y desesperada/ distracción permanente, y por lo tanto ignorancia de sí mismo, por lo tanto miedo de sí mismo, por lo tanto miedo al otro” 

A nuestros amigos, Comité Invisible.

Antes de tomar contacto con los caballos yo era lo que se dice una persona cerebral, lo único que conocía de mi misma era mi mente y por lo tanto era víctima de todos sus engaños. En aquella época -final de los veinte, principio de los treinta- todo lo que valoraba sucedía en la esfera de lo intelectual, me apasionaba leer lo que se suponía que había que leer para luego producir textos con citas y tener discusiones sesudas con mis colegas. Estaba escribiendo mi tesis doctoral “La formación permanente de las clases creativas en el marco del capitalismo cognitivo” -me encantaba que me preguntaran el título de mi tesis-. De mis colegas académicos aprendí algunos trucos para parecer más lista que el otro, por ejemplo, desviar la conversación hacia ese autor que conocías a fondo y citarlo. No se trataba de escuchar al otro, de dejarse transformar por otros puntos de vista, de estar abierta a lo desconocido, eso jamás. El objetivo era ser el más listo -o al menos parecerlo- y para eso era imperativo moverse en terreno conocido. Ahí radicaba nuestra habilidad, sabíamos qué teoría, qué conocimiento, era el que importaba y lo demás no nos interesaba. Era cínica y me parecía bien serlo, pero vivía con el sentimiento permanente de ser una farsante y con miedo a que me descubrieran, ¿y si alguien se daba cuenta de que en realidad no había leído ese libro si no sólo su entrada en Wikipedia?

Con la distancia del tiempo me pregunto por qué prefería parecer lista cuando es mucho más fácil parecer buena persona. Tal vez porque ser buena persona no cotiza en el mercado laboral tan a la alza como ser lista, y en ese momento el trabajo lo era TODO, no solo una fuente de ingresos si no también de autoestima, de placer, de amistades, de ocio. La respuesta a la precariedad económica y emocional. El trabajo me definía.

Work has become the central locus of psychic and emotional investment, even as this new libidinal economy induces an entire range of collective pathologies, from disorders of attention to new forms of dyslexia, from sudden panics to mass depression? How, in other words, have we passed from the social antagonisms of the 1960s and 1970s, when worker power was paradoxically defined by a refusal of work, its autonomy from the capitalist valorization process, and its own forms of organization -its defection from factory discipline- to the experience of the last two decades, where work has become the core of our identity, no longer economically necessary, yet vital to the constitution of the self? In short, from fleeing work to identifying with it.

Soul at work. Bifo.

En esa época tenía brotes de dermatitis atópica, se me irritaban diferentes zonas del cuerpo, la piel se escamaba, supuraba, me picaba muchísimo. Tenía tan incorporado el estrés que ni me daba cuenta de que estaba estresada, pero mi cuerpo se quejaba a gritos. Sobre todo por las noches, cuando intentaba dormir, la piel me ardía, lo cual me provocaba insomnio que a su vez hacía que por el día estuviera mucho más irritable. Así hasta que mis padres me obligaron a ir al médico, el dermatólogo me recetó una crema con corticoides y unas pastillas que se llamaban Atarax.

El Atarax pertenece a una clase de compuestos denominados difenilmetanos, se utiliza para el tratamiento sintomático del prurito y urticaria pero también para el tratamiento sintomático de la ansiedad en adultos. El Atarax me encantaba, me lo tomaba por la noche y dormía del tirón tan agusto como nunca había dormido. En esas noches de sueño profundo e ininterrumpido empecé a tener una pesadilla recurrente: caballos enfadados. Caballos furiosos al galope, caballos que me mordían, que intentaba montar y me tiraban al suelo. Mi piel mejoró pero yo seguía sin darme cuenta de que vivía disociada, de que no era feliz.

Tuve una crisis, abandoné mi tesis doctoral, me fui distanciando de mis colegas intelectuales, rompí con mi pareja y empecé a preguntarme quién era yo. En este devenir estuve acompañada de mis amigas, las de siempre y otras nuevas que aparecieron en el momento apropiado. Gracias a ellas me di cuenta que no necesitaba parecer nada para sentirme querida. Esta certeza, su amor, me dio la libertad que necesitaba para explorar cosas nuevas y fracasar sin miedo a sentirme fracasada. Dejé de tomarme la vida en un sentido tan literal. Qué alivio. Empecé a interesarme por la ficción, abrí un blog donde escribía cositas, a veces incluso poesía, si era malo qué más daba, mis amigas me querían igual. Así de simple y de efectivo.

Pero seguía soñando con caballos ¿por qué esta insistencia de mi subconsciente? ¿qué significaba? los caballos nunca habían formado parte de mi vida, no tenían nada que ver conmigo. Un día, piruetas del destino, terminé en una hípica a media hora de Barcelona y conocí a Kasabian. El frisón que me transformó, el que se metió en mis grietas e hizo estallar las paredes mi antiguo universo.  

2. KASABIAN

You can lead a horse to water, but you can’t make him drink.

Kas, tu recuerdo está lleno gratitud y culpa a partes iguales. Siempre que me acuerdo de ti me da por llorar. Cuando te conocí no sabía nada de nada, todo lo que he aprendido después me ha servido para darme de los errores cometidos. No supe ayudarte, tú en cambio, abriste en mi una puerta. Cuando llegué a la hípica donde vivías, hacía dos años que no salías de un cercado de unos 5m2, rodeado de otros caballos pero aislado por el pastor eléctrico. Tu dueña te cogió miedo porque eras imprevisible, un día te asustaste con ella encima, botaste, ella cayó al suelo, se rompió un brazo y después del accidente ya no quiso volver a montar, sin monta no había relación posible. Me comprometí a cuidar de ti, pagaba tu comida, te cepillaba, te limpiaba los cascos, a cambio podía usarte para aprender a montar. Digo “usar” con toda la intención porque eso es lo que hacía. Me advirtieron que no sería fácil, llevabas demasiado tiempo sin trabajar. En las clases de doma clásica me enseñaron que para que un caballo te respete tienes que convertirte en su líder, has de imponerte. La dominación del caballos se ejerce gracias a un hierro en la boca que causa dolor, cuando el caballo te obedece evita ese dolor. Si el caballo no anda, se le da una patada en la tripa, si continúa parado se le pega más fuerte, si continúa sin obedecer siempre puedes usar la fusta. Te dicen, ¡dale más fuerte! no ves que no se entera, te está tomando el pelo. Te hacen creer que no le duele, que todo lo que haces es por el bien del caballo y tú quieres creerlo porque quitarte la venda de los ojos supondría renunciar a tus privilegios de humano. Aprendí las técnicas en pista, los básicos de la doma clásica al paso, al trote y al galope.

Recuerdo mis primeras galopadas en el bosque, el corazón a mil, la adrenalina en las venas, el sonido de los cascos golpeando el suelo. Me convertía en un centauro. Sentía toda tu potencia como si fuera mía, tus músculos eran míos. Hay algo épico, brutalmente poderoso, en esta apropiación del otro. Nunca he tomado heroína, pero para mi el caballo era caballo. Terminaba extasiada, los niveles químicos de mi cuerpo estaban revolucionados. Madrugaba, conducía cuarenta minutos, galopaba, volvía a Barcelona, me daba una ducha, iba al trabajo y me sentaba delante del ordenador con una sonrisa que me duraba hasta que volvía a verte. 

Era como estar enamorada pero sin el miedo a que te dejen.

Mi mayor deseo era lograr que tú y yo saliéramos al bosque solos. Cuando íbamos en compañía de otros caballos te portabas bien pero si no era en manada no te atrevías a salir solo conmigo. Me lo tomé como un desafío personal, quería obligarte a que confiaras en mí. Pensaba que ganarme tu respeto era someterte a mi voluntad. Un día me empeñé en que nos adentráramos en el bosque los dos solos, en cuanto nos alejamos de la hípica empezaste a temblar y a cagar diarrea, relinchabas llamando a tus semejantes. Yo ignoraba tu desesperación, caballo estúpido tienes que obedecerme, apretaba mis piernas y te empujaba. Tenía que demostrarte mis cualidades de líder, me frustraba que tuvieras miedo estando a mi lado, si no te relajabas era porque yo no era lo suficientemente fuerte, valiente, intrépida, pensaba que percibías mis debilidades y por eso no querías estar conmigo a solas. Terminamos en medio del bosque, los dos empapados en sudor y temblando. Ya no había manera de hacerte avanzar, querías dar la vuelta, pero si lo permitía saldrías desbocado al galope en dirección a la hípica. Yo también estaba cagada de miedo. Tiraba de las riendas con tanta fuerza que me hice sangre en las manos. Tú con el cuello tenso y los ojos desorbitados. Dabas círculos sobre ti mismo, enloquecido, me dolían las manos y me flaqueaba la fuerza. La imprudencia, la estupidez, y sobre todo mi ego podían haber hecho que terminara como Cristopher Reeve pero al final me lancé al suelo sin hacerme apenas daño y tú, liberado, huiste hacia tu lugar seguro.

Después de aquel día tiré la toalla, no iba a volver a intentarlo, no podía luchar contra ti, me ganabas en fuerza y la fuerza era lo único que utilizaba, normal que perdiera esa batalla que ni siquiera era contigo sino conmigo misma. Un día empezaste a cojear, estuve una semana sin montar pero no mejorabas, te hicieron pruebas, tenías una enfermedad crónica que afectaba a huesos y tendones, la veterinaria me lo dijo muy claro: soportar el peso de una persona en tu espalda no te hacía bien, pero estar parado en tu cercado tampoco era bueno, necesitabas caminar, moverte. La noticia me entristeció muchísimo, ya no podía volver a montarte. Fui consciente de mi egoísmo y traté de resarcirme, decidí aceptar las circunstancias y centrarme en tus necesidades ¡Cómo cambio nuestra relación a partir de entonces! ya no estaba encima de ti si no a tu lado. Había renunciado a montarte, a dirigirte, a llevarte a donde yo quería, ahora sólo importabas tú, mi atención ya no estaba puesta en mis objetivos si no en ti. Empecé a escucharte, a sentirte. Algo dentro de mí se abrió.

3. TELEPATÍA

“Para poder escribir sobre la vida de los animales se ha de tener una sensibilidad cálida y sincera hacia toda criatura viva.”

El anillo de Salomón, Konrad Lorenz.

Una de las cosas que más me sorprendieron cuando empecé a montar de forma regular a Kas es que de alguna manera me podía leer la mente. En serio, yo pensaba, ahora quiero trotar, y antes de darle la orden, él empezaba a trotar, era alucinante. Comenté esto con una profesora de la hípica y me habló de un fenómeno conocido como “isopraxis”. Al googlearlo me salieron un montón de artículos que hablan de cómo usarla para ligar. En realidad la isopraxis no es otra cosa que la imitación inconsciente de los movimientos y posturas del otro. El jinete cuando piensa en los movimientos que quiere que haga el caballo, hace movimientos involuntarios, el caballo los percibe y de forma simultánea los reproduce.

Un análisis minucioso de estos movimientos involuntarios del cuerpo humano ha revelado que, de hecho, estos movimientos son exactamente los mismos que hace el caballo. La mano derecha del humano imita y anticipa lo que va a hacer la pata derecha del caballo, el final de la espalda del jinete da una sacudida, lo cual es exactamente el mismo movimiento que el caballo hará para empezar a ir a medio galope y así sucesivamente. Los jinetes con talento se comportan y se mueven como los caballos. Han aprendido a comportarse como los caballos, lo que explicaría por qué los caballos parecen estar tan sincronizados con los jinetes que les montan; y cómo el mero pensamiento de uno puede inducir al otro a moverse simultáneamente. Los cuerpos humanos se han transformado por y en el cuerpo del caballo.

El cuerpo de nuestros desvelos. Figuras de la antropo-zoo-génesis. Vinciane Despret.

Cuando se lo expliqué a mi amiga Ana R. me envió un mail con el asunto ”caballitos” y adjunto un artículo: “El cuerpo de nuestros desvelos. Figuras de la antropo-zoo-génesis”. Su autora, Vinciane Despret, explica que a principios de s.XX hubo en Berlin un caballo al que llamaban Clever Hans por ser capaz de resolver multiplicaciones y divisiones, hacer raíces cuadradas,  deletrear palabras y discriminar entre colores o tonos e intervalos musicales. Respondía a su entrenador Herr Von Osten golpeando con el casco al suelo. Un periódico local le dedicó un artículo, y pronto su fama llegó a oídos del director del Instituto de Psicología de la Universidad de Berlín, el profesor C. Stumpf, quien con su asistente Otto Pfungst se dedicaron a estudiar las habilidades del caballo. Determinaron que el caballo sólo podía responder correctamente  cuando la persona que hacía la pregunta conocía la respuesta. Concluyeron que Hans no tenía la respuesta sino que leía micro movimientos, invisibles al ojo humano, que le hacían saber cuándo había dado la respuesta correcta de golpes con el casco. Hans no era capaz de pensar como los humanos, pero era capaz de interpretar cuerpos humanos, señales involuntarias y sutiles que escapaban a la percepción humana.

Cada uno de los humanos a cuyas preguntas Hans había contestado con éxito habían hecho pequeños movimientos no intencionados (tan pequeños que no se habían percibido hasta ahora). En cuanto el que pregunta había planteado un problema a Hans de manera involuntaria, inclinaba la cabeza y el tronco ligeramente hacia delante para ver la pata que se suponía empezaría a golpear el suelo. La tensión iba en aumento y esta tensión llevaba al que planteaba la pregunta a mantener la misma posición. Pero en cuanto se había alcanzado el número deseado de golpes el caballero se liberaba de esa tensión e involuntariamente sacudía el tronco y la cabeza hacia atrás. Entonces, el caballo simplemente mantenía la pata derecha apoyada en el suelo. Todos aquellos caballeros a los que Pfungst había estado observando hacían esos mismos movimientos. Ninguno entre todos los señores era consciente de que los estaba haciendo. Ninguno había advertido que su cuerpo estaba hablando al caballo y diciéndole cuándo empezar y cuándo parar. Cada uno de ellos, excepto el caballo, ignoraba este asombroso fenómeno: más allá de los límites de la conciencia sus cuerpos hablaban y se movían contra su voluntad. En esta historia, quién influye y quién se ve influido son preguntas que ya no tienen una respuesta clara. Los dos, humano y caballo, son causa y efecto de los movimientos del otro respectivamente. Ambos inducen y se ven inducidos, afectan y se ven afectados; los dos incorporan la mente del otro. Entonces, ¿no podríamos sugerir lo mismo para Hans y sus interrogadores? Si somos capaces de ver, de acuerdo con la hipótesis de Pfungst, cómo los cuerpos humanos influyen en la respuesta del caballo mediante su peculiar sensibilidad y talento, también deberíamos imaginarnos la situación opuesta: el caballo ha enseñado a los humanos los gestos adecuados que han de realizar de manera involuntaria, sin que estos sean conscientes de ello.

El cuerpo de nuestros desvelos. Figuras de la antropo-zoo-génesis. Vinciane Despret.

El caso de Hans podía haber sido una oportunidad para saber más sobre los cuerpos y sus afectos. Hans encarnaba la posibilidad de investigar otras maneras mediante las que los cuerpos humanos y no humanos se vuelven más sensibles los unos a los otros. Sin embargo Hans ha pasado a la historia de las ciencias sociales por motivos muy diferentes. Hoy, cuando se cita la historia del caballo, es para hablar de la influencia involuntaria de un experimentador sobre el individuo que estudia  mediante señales involuntarias sutiles como gestos, posturas, tonos de voz, movimientos corporales etc. es lo que se conoce como efecto “Clever Hans”.

4. APUNTES ETOLÓGICOS

“El secreto de la relación con el caballo es que se debe amar su esencia mientras lo observas. Tienes que sentir su dolor, el miedo y el malestar como tuyo propio. Tienes que amar su punto de vista extraño y tratar de compartirlo”

El Caballo crucificado y resucitado. Alexander Nevzorov

Cuando dejé de montar a Kas empecé a interesarme de verdad por lo caballos, por intentar comprenderlos ¿cómo son en libertad? ¿cómo se comunican entre ellos?¿qué sienten? Comprender, understand, ponerse debajo. No puedes comprender a un caballo si lo único que haces es ponerte encima de él. Gracias a los libros de Lucy Rees, una etóloga galesa que ha estudiado manadas en libertad, entendí que la mayoría de las asunciones sobre los caballos son falsas y se construyen en base a nuestras proyecciones humanas.  En el mundo de la equitación estamos acostumbrados a ver a los caballos aislados que viven entre las cuatro paredes de un box. Los caballos en cautiverio desarrollan comportamiento compulsivos, por ejemplo balancearse, mover la cabeza de arriba abajo, masticar aire. En las hípicas estos comportamientos que denotan un alto grado de estrés y sufrimiento son muy frecuentes.

Zoocosis, patología, acuñada en 1992 por Bill Travers, que aglutina todos los síntomas de sufrimiento asociados a la vida de cualquier animal en cautividad, desde estrés y depresión hasta autolesiones, y que provoca que su esperanza de vida sea, en muchos casos, muy inferior a la que se daría en su hábitat natural.

El concepto humano de bienestar dista mucho de lo que un caballo necesita para sobrevivir. Para empezar, en la naturaleza el caballo como unidad individual no existe, es una animal gregario, de manada, por eso privarle del espacio para estar con los suyos es la primera y principal crueldad de la domesticación. Para protegerse los caballos viven en grupos, nunca viven solos, cuando unos duermen o pastan otros vigilan. Su principal defensa es la huida en grupo. Ante una amenaza, se acercan los unos a los otros para huir todos en bloque. Los caballos en libertad no tienen un líder pero a menudo es una yegua madura la que inicia un cambio de actividad, es quien anda primero cuando se trasladan para beber o abrigarse. Ella no ejerce ningún control sobre los demás, pero es madura, sabia y de confianza, los demás la imitan porque se sienten seguros. Cuando se ven obligados a huir porque algún depredador les acecha se mueven en sincronía, como un banco de peces o una bandada de aves, por eso son tan sensibles al lenguaje corporal y su capacidad de coordinación es mucho mejor que la nuestra. Los caballos interpretan un lenguaje corporal tan sutil que nos costaría años desarrollar la misma sensibilidad. Así se coordinan unos con otros, no sólo con sus movimientos y actividades sino también con sus emociones. La alarma o el nerviosismo pasa como una nube sobre toda la manada, y prefieren estar con los que están calmados y confiados porque producen las mismas emociones en ellos.

Entre los caballos no existe la dominación como puede existir entre los primates. Los humanos nos diferenciamos de nuestro pariente más cercano, el chimpancé, en apenas un 1% de nuestro genoma y sus sistemas de organización social no son muy diferentes de los nuestros.

En los grupos de primates de los cuales surgimos, y también en otros depredadores sociales, hay problemas de convivencia que no existen entre los caballos salvajes. Se centran en la comida. Cuando hay poca comida y muchas bocas que alimentar suelen ocurrir peleas. Cuando los animales saben matar, éstas son peligrosas, por eso tenemos sistemas sociales jerárquicos. En un grupo de chimpancés, un macho consigue ser alfa por medio de pelear o impresionar a los demás. Cuando ha asegurado su posición, tiene derecho a todos los recursos, sus inferiores le hacen gestos de sumisión: se le acercan, le hacen el aseo, siguen su liderazgo y le dejan controlar su comportamiento. Y así hay paz. Vemos rasgos de esta organización social en muchas interacciones humanas. Nos preocupa nuestra posición en la jerarquía, nuestro estatus social, tanto que inventamos símbolos para marcarlo. Queremos ser amigos del famoso, del potente. Intentamos complacerlo (gestos de sumisión); dejamos al jefe controlar nuestro comportamiento, le obedecemos, incluso pensamos que la desobediencia se debe castigar. Cuando nos hacemos amigos de alguien, les ofrecemos comida porque es muy difícil conseguirla. Para nosotros, todo esto es tan obvio que pensamos que el caballo actúa así también. Pero no es un humano, ni un chimpancé. Solo cuando estudiamos los caballos salvajes, que viven como quieren, es cuando podemos ver la verdadera naturaleza del caballo. Es importante advertir que la mayoría de la gente que trata con caballos conoce solo al caballo doméstico que lleva una vida a veces exactamente al revés de lo que su naturales dicta. Encerrado solo en una cuadra, sin pastar, es capaz de revelar su estrés o agresividad en comportamientos alterados que menudo malinterpretamos según nuestras ideas.

Lucy Rees. The Horse Mind

Otra crueldad habitual en el mundo hípico son las herraduras. Un caballo herrado se ve privado de su sentido del tacto, no tiene contacto directo con el suelo, y por lo tanto no puede sentir el relieve y así ajustar su paso a las condiciones del terreno. Las herraduras reducen la capacidad de sentir y esto hace que el caballo se mueva de manera menos fluida, además el peso y rigidez de las herraduras daña la función natural de amortiguación del casco y potencia los golpes contra los huesos y articulaciones, por eso la mayoría de caballos herrados tienen lesiones en la espalda. Por otro lado, en el núcleo de cada casco hay una almohadilla que, a cada pisada, se comprime y presiona la arteria que la traspasa, eso bombea la sangre pierna arriba, pero sólo funciona con el casco desnudo, sin herrar. Herrado, no hay presión sobre la almohadilla, que se atrofia y ya no bombea causando peor circulación sanguínea. El caballo herrado además de sufrir lesiones en huesos y espalda, tiene que hacer un sobre esfuerzo por parte del corazón que le acorta la vida. A pesar de que hay abundante documentación científica y estudios publicados en internet que concluyen que herrar a los caballos les perjudica y les acorta la vida, la mayoría de caballos domesticados siguen estando herrados.

Lo que hacemos con los caballos al domarlos es, en muchos casos, romper su esencia -en inglés domar, to break-. Admiramos algo que es libre y queremos dominarlo, poseerlo, someterlo, así es el mundo tradicional del caballo. Así hemos construido nuestra Historia.

5. BINARISMO ONTOLÓGICO

“Nos han hecho creer que vivimos en un mundo hecho de un solo mundo. Que este mundo es como una línea recta hacia una única meta universal: la civilización, la modernidad, el progreso, el desarrollo, la razón, Europa. Esta idea es la base que impulsa el proyecto globalizador neoliberal, una propuesta de mundo que es totalizante y que deja fuera a muchas corporalidades otras, a muchas formas otras de habitar y construir mundos.”

Hacia mundos más animales. Una crítica al binarismo ontológico. Laura Fernández.

Pero ¿cómo hemos creado estos abismos entre yo y el otro? ¿por qué nos creemos con el derecho de poseer, dominar, explotar o incluso matar, otros cuerpos? No sé cómo di con el maravilloso libro de Laura Fernández “Hacia mundos más animales. Una crítica al binarismo ontológico” sólo recuerdo la sensación epifánica al encontrar respuestas convincentes a estas preguntas que me resultaban demasiado difíciles de responder como para no ser sólo retóricas.

Todas las formas de opresión están conectadas y se basan en una ontología común: el pensamiento binario. Especismo, machismo, heteronorma, racismo, capacitismo, explotación medioambiental, responden a una forma de organización social, cultural y político-económica con raíces comunes. De esta manera, los diferentes binarios estructuran los sistemas de opresión que jerarquizan los cuerpos para separar los que importan de los que no, y así convertirlos en en corporalidades otras que pueden ser explotadas y oprimidas. La ontología binaria construye un solo mundo en base a categorías dicotómicas, lo cual implica que siempre una queda por encima de la otra, eliminando la escala de grises. Hombre-mujer, blanco-negro, humano-animal, razón-emoción, naturaleza-cultura, individuo-comunidad etc. Esta manera de entender el mundo ha sido considerada desde el proyecto moderno ilustrado colonizador como la única manera de entender “el Mundo” (civilizado, libre, racional) a costa de otros mundos existentes o posibles.

Hacia mundos más animales. Una crítica al binarismo ontológico. Laura Fernández.

Esta manera de entender el mundo es la que me enseñaron en el colegio, y más tarde en la universidad. Una visión del mundo como una línea recta hacia una única meta universal: la civilización, la modernidad, el progreso, el desarrollo, la razón, Europa. Cuestionar esta idea y tener en cuenta que existen otras formas de conocimiento supone ponernos en duda a nosotros mismos. Es posible que los pilares de nuestra identidad se vean amenazados, y eso da miedo. Pero es necesario repensar y proponer nuevas formas, estrategias y teorías que no provengan siempre de las mismas voces, de los mismos cuerpos ni de los mismos ejes geopolíticos. 

6. LA PUERTA

“Tumbados en la tierra, como tierra, para que un pozo se abra en nuestro pecho y la conciencia descienda cerca del corazón, allí veremos sin palabras, con los sonidos de la respiración latido, un recuerdo del lugar de donde venimos, del lugar que somos, de donde brotan las apariencias, como esas nubes que forman figuras caprichosas que apenas perduran…

Entrevista con Abu Ali.

Durante mucho tiempo estuve buscando un lugar donde poder estar con caballos y aprender con ellos, desde una perspectiva lo más alejada posible de la ideología colonizadora de la doma clásica. Imaginaba un sitio donde la monta no fuera la principal actividad, donde los caballos no estuvieran confinados en un establo. No es fácil, la mayoría de hípicas son negocios basados en la utilización del caballo para montarlo. Mi búsqueda me llevó hasta Una Mclister, una mujer cuyo proyecto vital y profesional está íntegramente dedicado a poner al caballo en el centro. En su casa del Montseny vive con unos doce caballos, todos rescatados, la mayoría con historias de maltrato.

Una Mclister me enseñó que estar junto a un caballo y querer comunicarte con él requiere de algo a lo cual no estamos acostumbrados: habitar el cuerpo, sentir el cuerpo desde adentro, sentir la vida dentro del cuerpo. Requiere tener consciencia de una misma en el momento presente. Ser testigo de las emociones que una emite y que el caballo siempre percibe ¿estoy tranquila en este momento? ¿qué siento? ¿qué ocurre dentro de mí? Son preguntas que me hago antes de acercarme a ellos. La mayoría de las veces percibo cierto desasosiego y tensión que al ser observados se disuelven.

Cuando empecé a practicar la auto-observación entendí que tenía un “adentro” y que había vivido mis primeros treinta años en el “afuera”. También comprendí que mis pensamientos, más que mostrar información sobre mi misma, la ocultaban, que tenía que bucear más profundo, hasta el lugar donde la palabras se desvanecen. Ese espacio pre-verbal, donde late la vida, es precisamente el que da acceso a conectar con los caballos. Imagina que pudieras comunicarte en silencio, emitiendo la energía que hay tras las palabras, no los pensamientos sino la emoción que los impulsa. Así es como aprendí a comunicarme con ellos, pero eso sólo fue el principio de una transformación más profunda.

La puerta que los caballos abrieron es la que me ha dado acceso a esa consciencia de mi misma. Pero la práctica de monitorear mi espacio interior, no sólo con los caballos sino en mi día a día, tuvo sus efectos colaterales. Cuanto más crecían mis raíces interiores peor soportaba ciertas situaciones. De repente tenía que esforzarme mucho en hacer cosas que pensaba que me gustaban pero que al parecer a mi cuerpo no tanto, por ejemplo beber compulsivamente, tener sexo superficial -léase desconectado- estar en lugares muy ruidosos o muy llenos de gente, fumar. Es decir, lo que venía siendo mi vida social. En cambio empecé a disfrutar muchísimo de otras cosas como caminar en silencio, estar junto a un riachuelo o hacer un fuego.

Pero hay algo más, algo que no sé si sabré transmitir y que mi yo más joven, no hubiera sido capaz de entender. Y es que mi percepción de la realidad también se ha transformado en los últimos años. La realidad se da siempre junto con la mente que la comprehende. No sabemos como es la realidad tal cual es dado que cuando pensamos en la realidad, cuando la contemplamos, se nos presenta ya transformada por nuestras capacidades cognitivas. Pero si expandimos estas capacidades transformamos nuestra visión del mundo. De algún modo siento que los caballos han hecho que mi mente se transforme, han expandido mi consciencia, han afilado mis sentidos, me han hecho más sensible y compasiva, y sobre todo más capacitada para imaginar otros mundos posibles.

Para escribir este texto me he ayudado de las siguientes lecturas:

Berardi, F. (2009). The soul at work : from alienation to autonomy. Los Angeles, CA: Semiotext.
Despret, V. (2008) “El Cuerpo de Nuestros Desvelos: Figuras de La Antropo Zoo-Génesis.” en Tecnogénesis, pp. 229–60
Fernández, L. (2018). Hacia mundos animales: una crítica al binarismo ontológico desde los cuerpos no humanos. Madrid: Ochodoscuatro Ediciones.
Rees, L. (1984). The horse’s mind. London: S. Paul.
Rees, L. (2010). La lógica del caballo. Alcalá de Guadaira, Sevilla: Lettera.
Rees, L. (2017). Horses in Company. La Vergne: Crowood.

Autora Clara Piazuelo

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