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Mirar como en Francia

Texto escrito durante el Taller de escritura circular en Hangar en un ejercicio sobre Infancia y descubrimiento.

Clara propone el siguiente ejercicio: Lee este texto, después sal a la calle y “Mira como en Francia” durante 15 minutos. Luego escribe algo.

“Cuando tenía 6 o 7 años fui a Francia con mis padres. Atravesamos la frontera, paramos en un área de servicio, compramos quesos franceses y luego regresamos a Zaragoza. Recuerdo aquél día como un acontecimiento excepcional, era la primera vez que salía de España. Los ojos muy abiertos, la atención en los detalles, el asombro. De pronto, todo se apareció en una luz más clara. Una cualidad inexplicable en la textura de las cosas las hacía especiales, más vibrantes. El aire parecía más puro, el pavimento de la autopista más nuevo, los abetos más altos y majestuosos. El césped del área de servicio estaba mejor cuidado, más verde y abundante. Los lavabos tenían las puertas de madera barnizada, olían a caramelo de limón. Francia era increíble. Al volver a Zaragoza se rompió el hechizo, pero inventé un juego que se llamaba “mirar como en Francia” se trataba de activar un modo de ver que cambiaba la percepción de las cosas. Practicaba cuando caminaba por la calle, acompañando a mi madre al supermercado, un trayecto tan familiar que podría haber hecho con los ojos cerrados. Para “mirar como en Francia” tenía que concentrarme y olvidar todo lo que sabía, olvidar que estaba en mi barrio, que caminaba de la mano de mi madre, olvidar incluso mi nombre. Entonces sucedía la magia. La calle se convertía en algo nuevo, vivo, una dimensión extraordinaria se desplegaba en la superficie de los edificios y ya nada era familiar, todo era nuevo, extraño, luminoso. Resplandecía con una belleza que llegaba al alma. A veces me mareaba, la magia no duraba mucho, a los pocos segundos el hechizo se rompía y entonces la ciudad volvía a ser la de siempre, gris y aburrida. Al hacerme mayor dejé de practicar y perdí mi magia.”

Texto de Belén:

Cuando Clara me pidió que mirara como en Francia en un lugar tan emocionalmente desgastado, seguí el impulso de mi cuerpo: no camines, apoya el culo en algún sitio y quédate al sol, porfi.
A mi lado aparece el banco donde me he sentado todos los días desde que llegué.

Voy a mirar como en Francia desde ahí.
Voy a mirar desde la ficción de que estoy en un lugar desconocido al que he venido con ilusión y en el que no termino de entender qué hace la gente.

Una brisa de viento me coloca el pelo delante de los ojos y no veo bien.
El pelo encrespado me acaricia la frente y la nariz, me da sombra.
En la parte de la cara donde me da el sol siento que la piel empieza a crepitar. Esa sensación me resulta deliciosa y aprendí a estimarla en un momento por el que siento nostalgia: Davi, el mar. Davi ya no me quiere. Empezó a salir con el camarero de un bar de los Bajos de Argüelles y me dijo que Ciudadanos era un partido de izquierda. Espero que esté bien.

Me tumbo en el banco y me dejo invadir por el sol que hace crepitar mi piel y la ropa oscura que llevo. Mi huesuda columna se acomoda entre dos listones de madera blanca. Soy más larga que este banco desconocido pero estoy cómoda. Escucho un camión en marcha atrás a lo lejos. Huele a cemento, a polvo, a metal caliente. Es un olor que me resulta familiar pero al que no suelo prestar atención.

Distrae mi ejercicio un señor argentino que pasa por mi lado comentando lo bien que tomo el sol.Intento recuperar el olor pero el señor argentino vuelve a pasar con una postura muy tiesa que me hace gracia y no consigo reconectar. Mirando el muro y los árboles me concentro en escuchar el sonido de las hojas. Mirar como en Francia en este recinto industrial en abandono me recuerda a algunas imágenes de películas de Rohmer, o al menos a la sensación de estar mirando una estetización agradable de lugares que en experiencia vivida me resultarían desagradables. Quizás una romantización ¿Mirar como en Francia es romantizar?

Sin profundizar en lo bucólico de esa representación fílmica, recuerdo los vídeos caseros de mi padre y mi abuelo. En mi familia, la cámara siempre la manejó un hombre que se sentía en la vanguardia tecnológica por tener y utilizar su cámara Super8 o su Sony x modelo. La cosa es que de adolescente me fascinaban esos vídeos y los miraba en bucle; en parte porque hablaban de mí y explicaban quiénes éramos, en parte por una naturalidad y estética de autenticidad que yo no conseguía con mis cámaras de primeros móviles de 4 megapíxels y con mis amigas preocupadas por ser atractivas ante el objetivo.

Este hilo de pensamiento se agota porque estoy vaga, aunque sé que en otro momento podría dar para más, incluso podría generar el impulso de relocalizar esos archivos, si existen, para resignificarlos ahora. Pero vuelvo a la idea de mirar como en Francia el lugar en el que estoy, y dándome cuenta de que tengo una habilidosa capacidad para recrearme en la sensación de estar en un lugar nuevo y emocionante, se me ocurre si podría mirar como en Francia a una persona. Pienso en Edu. A veces hemos hecho el juego de quedar como si no nos conociéramos y representar alter egos que se seducen. Es divertido, pero mirarle como en Francia sería otra cosa. Cuando hago de Assumpta estoy performando y soy consciente del teatro de él, pero si le miro como en Francia tengo que hacer el ejercicio de pretender desconocerle de manera absoluta y descubrirle. Qué difícil, voy a intentarlo esta noche. Supongo que mejor si es fuera de casa.

Sergi viene diciendo que no ha hecho el ejercicio pero que son :23. Ya me he vuelto a desconectar, me voy para dentro.

Autoras Belén Soto y Clara Piazuelo