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Cuando me morí y viví en ti y nos morimos y nos convertimos en otra cosa

Querida R.,

Dos seres a priori tan extraños, con maneras tan diversas de percibir y habitar el mundo. ¿Te acuerdas? Tuvimos que aprender a tocarnos y a tratarnos para vivir bien en compañía. Lo que nos quisimos no lo sé escribir.

Sé que has temido a la muerte hasta que yo me morí. Pensabas que la vida era una línea recta con principio y fin y no soportabas la idea de que un día llegarías al otro extremo. ¿Y después qué? ¿A dónde iría tu consciencia? ¿O ni siquiera existiría un después? Desde ese miedo, mi muerte no tocaba: tan joven, accidental, improbable, a través de esas semanas agónicas en el hospital sin entender nada, suplicando una recuperación que al inicio se daba por sentado y terminó siendo imposible. Pero cuando estaba allí entendí a qué había venido: a enseñarte a morir. Y a pesar de no poderte hablar, lo entendiste. 

No fue fácil. Al principio no lo podías creer, después no lo querías aceptar. Cumplías cada tarde el horario de visitas, esperando llorosa a que te dejaran entrar y aferrándote hasta el último minuto de permiso. Me mirabas y me hablabas y sollozabas y me contabas todo lo que habías preparado para cuando volviera a casa. Me explicabas cómo estaba yo y cuánto faltaba para recuperarme, lo que me querías y todo lo que pensábais en mí cuando no me estabas acompañando. Yo aguantaba y aguantaba mientras mi cuerpo iba fallando cada día más y cada día tenía más cables y aparatos conectados a mis órganos. Cuando empezaste a comprender que iba a morir, el dolor era tan fuerte que no podías dormir. Y cada día más cansada pero más consciente, empezaste a dejar de pensar en ti para pensar en mí.

El día anterior al adiós me dijiste: «tengo muchísimo miedo, pero quiero que suceda lo que sea mejor para ti». Miré tu cara, llena de mocos y lágrimas, pero a la vez despejada, honesta y poderosa, el rostro de alguien que enfrentará el devenir. El día que morí, esperé a que vinieras a verme para contarte con un beso cómo, con el valor de soltarme, me diste el valor de morirme. Entonces me introduje en un estado de calma que, durante esas últimas horas, me dio fuerza, incluso mejoró mi aspecto. Pude levantarme para caminar hacia ti y rodearte con mi cuerpo, sellando una última transmisión de bichitos y de afectos que guardar en tus recuerdos. 

R., recibí todo el amor de tus rituales para acompañarme en este cambio de ciclo. Fueron un abrazo profundo que se queda conmigo en este continuo cambio de pertenencia, una transformación infinita de la que forma parte todo lo que fui contigo y todo lo nuevo que a ello se une para convertirse en otras cosas, en otras vidas. A pesar de eso, sé que eres humana. Desde el momento en que dejé de estar de la manera en que hasta entonces lo hacía, me echas mucho de menos.

Pero mira: puede que la linealidad del tiempo sólo sea un filtro que vuestras cabezas humanas utilizan para digerir el porvenir. Entendiendo el transcurrir de una manera más rizomática, el amor entre tú y yo no ocupa un espacio tan limitado; el amor que compartimos permanece antes de conocernos, durante nuestro crecimiento juntas y después de separarnos. Por eso, tu presencia venía conectando con mi mundo desde mucho antes de darnos cuenta y continuará cruzándose con la mía y la de todo lo que habitamos hasta que todo nos convirtamos en otra cosa. En esta deriva cosmológica, mi bebé, el amor sigue creciendo en muchas direcciones y manteniendo nuestros cuerpos y energías juntas de muchas maneras, porque en nuestra breve historia lineal de compañía hemos intercambiado muchos bichitos, materias y magias que conservarán y transformarán esta memoria de cariño y atención que nos hemos dedicado.

Creo que tener miedo a morir es tener miedo a vivir. Pero, si estás atenta, muertes como la mía te enseñarán a despertar, a descubrir los secretos para explorar y ser. Se dice que la vida es una especie de curso para aprender a soltar, hasta que llega el momento de soltar tu propia vida. Me gustaría que pudieras hacer ese recorrido, aprendiendo de mil maneras más que todo es provisional.

Somos muy frágiles, todos los seres a los que queremos lo son. Es importante tenerlo presente para cuidarles antes de despedirnos, perdernos, separar nuestros caminos o morir.

Contigo,

M.


Esta carta de muerte forma parte la línea de investigación de Belén Soto en Morir Guay: voces y relatos para no tener miedo, proyecto becado por La Escocesa en 2020.