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Cuando me morí y te sentiste libre

Para P.:

Supongo, niña, que llevé hasta tan lejos mis exigencias que se convirtieron en una batalla contra ti: hasta que algunx caiga. Y fui yo, y tú no sentiste más que alivio.

Si escribo sobre el principio, te digo que me vi como responsable y autoridad sobre ti sin más motivo que la inercia de la vida, y esa subordinación venía obligada, legitimada y protegida por algo mucho más grande que nosotrxs. No quedaba más opción. Qué vértigo si lo pienso ahora, desde las responsabilidades de las que se habla, porque entonces no le di la más mínima vuelta: pasó. «Total, ni que fuera a tener que encargarme de nada difícil» –pensaba. Y me concedí improvisar todo lo que se me antojaba: divertirte, adorarte, venerarte, hacerte alucinar, llevarte a lo más alto; para después pasar de ti, organizarte, condicionarte, limitarte, besarte, encerrarte, anularte, maltratarte, ridiculizarte; y después decirte lo que te quería y explicarte lo libre que estaba de cualquier error o arrepentimiento, y poner nuestra foto feliz de perfil para demostrarlo, para exhibirlo.

Fue obstinación, terquedad por encima de todo: no poder permitir una versión de lo que eras en mi vida que no fuera la que yo establecía. Yo que sé, ahora que lo pienso, llegadxs a cierto punto no tengo muy claro qué es lo que realmente deseaba, sólo que necesitaba agarrarme al control de la situación. Aunque eso transformara el amor en dominación, miedo y rencor; aunque eso convirtiera mis expectativas incumplidas de interés y cariño en decepción, y, en consecuencia, desprecio a ti. 

La luna te besa tus lágrimas puras
Como una promesa de buena ventura
«La niña de fuego» te llama la gente
Y te están dejando que mueras ahí
Ay, niña de fuego
Ay, niña de fuego
Dentro de mi alma yo tengo una fuente
Para que tu culpita se incline a beber
Ay, niña de fuego
Ay, niña de fuego
Mujer que llora y padece
Te ofrezco la salvación
Te ofrezco la salvación
Y el cariño ciego
Soy un hombre bueno que te compadece
¡Anda!
Vente conmigo niña de fuego

Qué grande es Manolo Caracol. «Toda la vida jodiendo» –lo llamas tú, sin embargo. Desagradecida, todo lo que hice lo hice por ti, que no te das cuenta. Para que comprendieras quién era, lo que te tenía reservado, lo que necesitabas, lo que podías ser. Todo lo que te ofrecía era bueno, y tú te negaste a aceptarlo. Maleducada, fría, flemática. Me hinchabas de ira, joder, no sé de dónde sacaste esas maneras tan ingratas.

¿Quién te crees que eres? ¿A quién te crees que debes lo que eres? No habrías sobrevivido sin mí. ¿Cómo te dabas la autoridad para tratarme con esa condescendencia, con esa soberbia? Exigiendo, comparándome con otros que lo hacían como a tí te gustaría. Yo sí que puedo compararte, ¿acaso había alguna razón para que te sintieras especial? Por mis cojones. Y ese pánico a contarme cualquier cosa, a que estuviera al tanto de lo que te atravesaba…

Yo pensé que jamás tendríamos el valor de deshacernos el unx del otrx, porque estamos unidxs por lazos que están muy por encima del tiempo y la distancia. Y sin embargo huiste, y poco a poco vas soltando las garras con las que te tengo sujeta aunque te haya perdido. Desapareciste, pero lxs dos sabemos que ningún día dejamos de tenernos presentes, de especular qué andaríamos haciendo y cómo nos estaríamos recordando. Querías alejarte, y en el fondo alivias la culpabilidad de mi abandono cuando encajas en mis estándares.

Entonces un día me muero, y te enteras y es como un jarro de agua fría, pero a la vez te entra una tranquilidad… Sabes que ya no puedo aparecer en cualquier momento, que ya no voy a encontrarte nunca como un cuerpo que se tropieza con otro cuerpo, y que se miran y se tensan mientras activan esa reacción que llevan tanto tiempo preparando. Ya no sé si me morí yo o si me mataste. Ni tú tampoco, porque nos unían muchas más fuerzas que las visibles y fantaseaste demasiadas veces con esto.

Obviamente mi muerte te removió todo, te destrozó y te hundió como no eras capaz de imaginarte. Despertó todo lo bueno y todo lo malo que nos hicimos y te dejó perdida en un escenario confuso de grises donde ya no eras capaz de sentir, de entender, de recordar las objetividades en las que reafirmabas tus decisiones de retirarme y los cuentos que habías hecho de lo nuestro. Sé que fue un proceso terrible, y me regocijé en tu profundo sufrimiento. Y después observé cómo te ibas recomponiendo y cómo has construido un discurso y un conjunto de sentimientos que te consuelan y te conceden descanso.

No sé, tengo mis suspicacias. No me termino de creer esa madurez, quiero pensar que estás construyendo relatos que no representan lo que realmente significo para ti. ¿De verdad piensas que te hice tanto daño? Soy escépticx hacia esa calma que crees estar encontrando. Tengo que haberte dejado el autosabotaje como herencia.

¿Sabes qué? Aunque estés totalmente convencida de lo contrario, yo creo que algún día volveré a alterarte. Volverá a sacudirte mi recuerdo, mis efectos o algún tipo de reencarnación de lo que fui. Total, nunca viniste a mi entierro pero yo sé lo presente que estoy en tu vida.

Igual no te dejé tan libre como crees. Me niego. Es tan cruel decir que te alegras de mi muerte… ¿Acaso te puede aliviar? Yo, que lo único que anhelaba era que me quisieras más que a nada ni nadie…

No me olvides,

N.


Esta carta de muerte forma parte la línea de investigación de Belén Soto en Morir Guay: voces y relatos para no tener miedo, proyecto becado por La Escocesa en 2020.