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Cuando me morí y no sentiste nada

Querida S.,

Creo que el día que naciste empezó la última fase de mi vida. Hubo más nacimientos después, pero ninguno que me conmoviera tanto. Fui al cuartel a verte y me sentí viejo, algo que no había experimentado antes. Colgué el arma en el perchero y me acerqué, despacio, hacia tu cuna, hasta sostenerte por primera vez entre mis brazos. Tan pequeña, tan rosada, tan débil. Recordé que existía la ternura. Qué amor tan dulce, tan único. Años después paseábamos entre el olor a naranjos y el sonido de la fuente y las campanas. Mi sol, mi ilusión. Algunas de mis arrugas fueron surcos que nacieron en esa época de tanto que sonreía al mirarte. No sé si te acuerdas de entonces.

Cuando me morí, ya llevaba mucho tiempo sin demostrar interés por mantener y hacer crecer un nosotrxs: una y un yo que juntxs son algo distinto, algo que no sólo nos suma sino que nos convierte en otra cosa viva y que muta constantemente. Llevaba mucho tiempo aferrado a lo que vivimos en un pasado lejano, encontrándolo suficientemente fuerte como para no tener que hacer más.

Quizás es algo relativo a mi masculinidad: era incapaz de transmitir afecto, pero lo sentía intensamente en silencio. Así, el tremendo amor que tenía hacia ti era un paquete de emociones, expectativas y recuerdos tan encerrados en mi pensamiento, que eran también una completa idealización de sí mismos. Como me habían enseñado, guardaba ese amor fantástico en un altar invisible y no me permitía practicarlo, porque al hacerlo caía en el peligro de recibir cualquier señal que demostrara que no era cierto. Eso me aterraba. 

Por ese motivo, lo que amaba era mi amor, no a ti. Tú podías, incluso, resultarme molesta. Prefería no verte, prefería tener noticias vagas de ti. Tu presencia en mi casa a menudo me decepcionaba, me ponía de mal humor y me generaba nerviosismo. Cuando venías a comer ya no me apetecía hablar. Sólo te hacía las preguntas cuya respuesta ya estaba pactada: «¿Qué tal?» «Bien.» «¿Tienes trabajo?» «Sí.» «Eso es lo importante. ¿Quieres que cambie de canal?» «No, este está bien, deja lo que estabas viendo.» «Anda, ve a poner la mesa.» «Sí, voy.»

Durante años, tú y yo crecíamos y nos transformábamos con total independencia y desconocimiento unx de otrx, y un día supimos que enfermé. El protocolo de cuidado común hacía que nada se te exigiera con respecto a mí más que preocupación y visitas diligentes: una relación cordial. Para mí era suficiente, seguía la inercia de nuestro vínculo espectral. Total, yo me iba a poner bien pronto. Un hombre fuerte, honrado, trabajador, seguro como yo, podría dominar esta situación como había dominado todas las anteriores.

Pero no fue así, y yo no estaba preparado para ello. De repente el dolor, la dependencia, la imposibilidad de hacer, la pérdida de capacidades, del poder de decisión; el comienzo del fin. Yo nunca me había considerado un ser vulnerable, era el cabeza de familia, la autoridad, el que tenía la última palabra, al que no se desafía, al que podrías temer. Pero lo que yo temía era la idea de mi propia muerte, y por eso, hasta entonces, cuando fugazmente se me había cruzado en el pensamiento, intentaba imaginar mi último día como una gran gesta, acelerada y desbordada de adrenalina, o como un sueño tranquilo, imprevisto, del que no despertar para ver otra vez el sol. Tanto tararear que era el novio de la muerte y entonces sentirme humillado de esa manera…

De súbito estaba en esa cama, día tras día, con un sufrimiento cada vez mayor y cada vez más lento. Mi casa y mi habitación, siempre atestadas de parafernalia católica, siempre habitadas por mi mujer rezando, siempre cumpliendo las pautas que dios manda, y yo incapaz de encontrar sosiego en la promesa de un cielo o paraíso de vida eterna; el más todopoderoso de todos no respondía a las súplicas y oraciones que repetía y repetía mientras el dolor me quebraba los huesos. Imagina mi angustia, mi desesperación, mi desconsuelo en un proceso tan largo, rogando misericordia, un remedio milagroso o pérdida de la consciencia, por lo menos. Pero el señor decidió tenerme lúcido durante muchos muchos días, desubicado respecto al transcurrir del tiempo, insomne, pero oscilando desesperado entre las ganas de que todo eso acabara y la resistencia a dejarlo terminar. No podía, no estaba preparado.

Dos semanas antes de morir, viniste a verme. El dolor me impedía estar quieto y tumbado, así que me estremecía en la cama mientras te miraba. Tan sana, tan cuerda, tan lejana a mí ahora que estaba a punto de cruzar este umbral de no retorno. Tengo que ser sincero, en ti pensaba muy poco. Pero cuando lo hacía, recuperaba cierta sensación de calidez. El problema era que no conseguía concentrarme y recrear el recuerdo: el cuerpo tiraba de mí y me conducía a otros pensamientos –más oscuros, más dominados por el sufrimiento. 

Y ese día estabas ahí, delante, con ganas de decir algo –yo con ganas de escucharlo– aunque lo suficientemente torpe para no hacerlo. Nos despedimos enseguida, sabiendo que el valor que no habíamos tenido para hablar en ese momento sería el sabor de boca que se nos quedaría. No te culpo. Ahora que escribo estas líneas en un estado más sereno, comprendo tu rostro. Puedo ver la compasión en tus ojos, y entiendo que no estuvieras desconsolada: sentías empatía, pero no apego. 

Después de eso, seguí retorciéndome en la cama, como si una manada de lobos me devorase todo el cuerpo. Dos noches después recibí otra visita: Dios vino a buscarme. No fue un sueño, de verdad. Le vi llegar firme, dispuesto a terminar con mi espera, pero la luz que le rodeaba me cegaba, me quemaba los ojos, y me dio miedo. Entonces él me preguntó: «¿No quieres venir?» «No, –contesté sin dudas– necesito quedarme más tiempo». Y se fue.

El dolor aumentó y una semana después le conté a mi hijo esta visita de Dios. Confesé: «Debería haberme ido entonces, me arrepiento». Los medicamentos no aliviaban el dolor, cada vez estaba más fuera de mí y sobrepasé la barrera de la entereza: sólo quería que volviera, o que me quitaran de enmedio. 

Unos días más y por fin me sedaron. Mientras me dormía, veía las caras de mi hijo e hijas, y de mi esposa, muy afectadxs, y esa luz intensa. Duré una noche. Me morí en el hospital y organizaron rápidamente mi entierro. Viniste al tanatorio y no quisiste mirarme, pero escuchabas cómo mi mujer entraba a mi sala de exposición para darme besos. Te vi estoica, cerebral, asumiendo esto como un hito de la vida pero sorprendida por la baja intensidad de tus sentimientos. Pensando más en tí que en mí, dudando sobre cómo debería afectarte esto a la vez que aliviada por no estar sufriendo. 

Me quemaron y enterrasteis mis cenizas a los pies de un algarrobo. Con el tiempo se fueron disolviendo en la tierra y una parte alimentó sus raíces. No te imaginas cómo se siente el sol sobre ti siendo una hoja. A veces te veo venir, fría, como arrastrada por un impulso incomprensible. Sientes mi presencia, pero me miras apática y te distraes con cualquier cosa.

No pasa nada, es normal que a veces la muerte sea indiferente.

J.


Esta carta de muerte forma parte la línea de investigación de Belén Soto en Morir Guay: voces y relatos para no tener miedo, proyecto becado por La Escocesa en 2020.