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Cuando me morí pero me quedé a tu lado

Querida D.,

Si me concentro, puedo volver allí. Para un momento y recuérdanos: recorriendo la ciudad desde el aeropuerto hasta mi habitación como paquete de mi bici, tú agarrada a mis hombros, yo con una mano manteniendo la dirección y con otra tocándote el estómago, emocionado porque de repente estás aquí. Cierras muchas veces los ojos para volver a ese momento. Caminando por San Mamolo, o tumbadxs en las laderas de Villa Ghigi –que es el parque más bonito en el que has estado nunca, y cuando lo dices te estremeces porque no has vuelto a sentir nada igual en un lugar ni en un cuerpo. Paseando por Via Saragozza, subiendo los 666 arcos que conducen a San Luca. El 1 de mayo: qué tremendo descubrir que esto no tenía que quedarse sólo en nosotrxs dos, que teníamos tanto amor que podíamos repartirlo entre más. Todo el día en la calle, gastándonos todo nuestro poco dinero en ponernos ciegxs como si no pudiéramos soportar sobrixs eso que nos sacudía, como si estuviéramos tan vives que superábamos nuestras posibilidades de ser. Dices que era como la paliza más brutal que me pueda imaginar, pero de placer. Sé que cuando piensas en mí tienes ganas de llorar y de reír.

A veces te agarras muy fuerte a algo y te olvidas de que la vida se organiza en muchas escalas de materia y de tiempo. Se olvida que todo son fases o ciclos y que todo el rato nuestro cuerpo y lo que nos pasa está naciendo y muriendo a la vez. Cuando nos agarramos tan fuerte a una parte de todo eso, que se muera da mucho miedo, es lo peor que te puedes imaginar. 

Qué curioso y retorcido, que para ser capaz de procesar este amor descontrolado al que nos agarramos nos creímos incapaces: o de seguirnos queriendo o de hacer cosas que merecieran que nos quisiéramos. No sé, tengo esa época tan borrosa como tú en el recuerdo pero, si me concentro, puedo volver allí y reconocer unos sentimientos que ahora entiendo mejor. En parte es cruel: me deformaste. Lo explico. 

Yo empecé a estar muy triste, todo el rato. Se me caía el mundo encima, la casa encima, la habitación encima. La vida me resultaba un lugar horrible, repleto de seres horrendos que hacían cosas terribles. Me volví autodestructivo, obsesivo, hostil, desconfiado, susceptible, maniático, asustado. No encontraba la luz que te había traído a mi lado, pensé que te había engañado y que no había nada que justificara tu interés en mí. Conseguí incluso hacértelo pensar a ti. Tú, sin embargo, te aferraste a estudiar la cuestión del amor desde una esfera intelectual tan obsesionada por la dialéctica que se diluía la verosimilitud con los hechos prácticos que se describían. 

Se abrieron dos caminos a partir del primero, del que recorríamos juntos: el de los afectos subordinados y el del discurso aislado. Yo estaba arrastrándome por el primero y tú por el segundo, corriendo a toda hostia pero sin tener ni idea de dónde estabas. Qué desastre. Después me mirabas y no podías creer, dudabas de todo. Yo estaba fatal y tú sentías lástima a la vez que responsabilidad a la vez que fuerza a la vez que cariño a la vez que repudio a la vez que altivez a la vez que angustia a la vez que culpa la vez que ganas de huir. Y corrías tan deprisa tan deprisa que se te olvidaba Villa Ghigi y San Mamolo y la bicicleta y los macarrones que rellenamos de calabaza con los dedos durante tres horas. Desde ahí, y adicta a la argumentación lógica, no encontraste la respuesta en todos los libros que devoraste sobre el afecto y su política y su construcción cultural, no fuiste capaz de entender nada. Y yo tampoco desde mi sencillez. Mirabas mi cara, con el pelo pegado en la frente, y mi cuerpo como reflejado en un espejo distorsionante, y después mirabas a esos genios eruditos que te regalaban el oído y la lectura –que te decepcionaron muy rápido, pero eso es otra historia– y nos perdimos el unx al otrx, cada unx por sus propias ingenuas razones. 

Entonces, resolviste que lo mejor era matarme.

Me mataste por teléfono, no fuiste capaz de esperar a verme para hacerlo con tus propias manos. Me mataste y saliste disparada en dirección opuesta para no volver a encontrarte con mi cadáver. Si me concentro, puedo volver allí.

No pudiste afrontar el recorrer los mismos lugares: yo fui expulsado de ese escenario pero tú huiste de la ciudad, como si mi espectro o un agujero de gusano en el tiempo fueran a decirte algo que temías, y te arrancaste el trozo de la memoria en el que yo salía para meterlo donde no pudieras verlo. Claro, cuando entiendes que vivir es morir todo el rato desde distintas unidades de vida y desde distintos ciclos espirituales, parece que lo que nos queda como muerte convencional es la pérdida de la memoria de lo que durante esta vida hemos sido. Cuando morimos como un nosotrxs no quisiste ser consciente de lo que habías hecho e intentaste esconder el recuerdo de haber vivido. 

Durante unos meses funcionó, pero como sólo fue poco más que una trampa mental y la memoria está también grabada en el cuerpo –y en fuerzas invisibles que nos rodean y nos acompañan–, cicatrizó. Como la vida no avanza sólo en una dirección y, en su extraña relación con el tiempo, la presencia hace saltos y conexiones hacia detrás, hacia delante y hacia otras líneas paralelas o de fuga, nuestra memoria se hizo de nuevo latente. Sin palabras para nombrarlo pero tan dulce, tan fuerte, tan vivo.

«¿Cómo puede el amor de una persona viajar por el tiempo y el espacio y atravesarte el corazón de esta manera?» –cuando escuchas a Lorena Álvarez cantando La nube, no sé explicar qué es lo que pasa. No sé bajo qué sistemas posibles de la física, de la filosofía o de la magia se da ese no-espacio-ni-tiempo de amor que traspasa lo que podemos explicar como nuestra realidad y vuelve a conectar nuestras consciencias presentes: se te ponen los ojos vidriosos, mirando al vacío, y me aparezco delante de ti para hablar de modos menos lineales de entender lo que vivimos mientras miras el lunar de mi nariz. No soy un fantasma, soy yo, de verdad, pero no se me ve. A veces te distraes para otra cosa, otras no te apetece hacerme caso, otras te quedas mucho rato hablando conmigo. Pero siempre soy yo el que aparece.

Si me concentro, puedo volver allí. No sé cómo explicar ese empalme. Quizás son conexiones entre mundos paralelos, quizás telepatía, dimensiones a las que de repente entramos o algún tipo de enlace cuyo funcionamiento no he conocido. O yo qué sé, quizás es todo fruto de mi imaginación y sólo es una historia que me invento. Pero lo siento tan fuerte, es tan claro que nos vemos ahí… A veces lo busco, entro ahí y es como si estuviera paseando contigo. ¿No te pasa?

Te quiere,

F.


Esta carta de muerte forma parte la línea de investigación de Belén Soto en Morir Guay: voces y relatos para no tener miedo, proyecto becado por La Escocesa en 2020.